A casa da Tía Prieta

Cailleach

«La vieja del monte llena de pan blanco los zurrones de los pastores; no hace mal a nadie, es simpática y sólo se preocupa de los niños hambrientos, y de los rapaces», José González en Lazo de almas, (1936)

 

El lingüista Fernando Álvarez-Balbuena García ha tenido la amabilidad de permitirnos la consulta de una interesantísima grabación sonora en el leonés de Forniella (Fornela) realizada por él, y en la que Cipriano Álvarez y Rolando Ramón, ambos de 69 años y oriundos de Trescastru (Trascastro), narran una escueta tradición legendaria que dice que antiguamente a los niños de esa localidad se les gastaba una broma cuando iban por primera vez al paraje de A Moredinha (el dígrafo «nh» representa a la ene velar intervocálica típica del leonés forniellu).

En una peña concreta situada en el Camín dos Freixos de esa zona se les decía a los pequeños que allí tenía su casa un personaje llamado A Tía Prieta, y que tenían que llamar a la puerta para pedirle un bollo diciendo: “¡Tía Prieta…, daime’l bollu!”; los niños así lo hacían, golpeaban la pena (peña) como si de una puerta se tratara y se quedaban esperando. Al regresar a casa se les preguntaba: “¿Foste a casa da Tía Prieta, ya trouxísteme’l bollu?, ¿nun chameste?” (Fuiste a la casa de la Tía Prieta, y me trajiste el bollo?, ¿no llamaste?). Había rapaces que respondían: “Non, a mi nun me salíu; nun me salíu A Tía Prieta, nun me díu’l bollu”, pero otros, con más picardía o más mayores, respondían afirmativamente. A Tía Prieta era una muyerinha buena y fabulosa que amasaba el pan en su casa, llevaba pañuelo en la cabeza y vestía completamente de negro.

En numerosos puntos de las montañas del norte leonés existen tradiciones vinculadas a la de A Tía Prieta, que no es más que otra de las epifanías del mito de la Vieja del Monte. Así, en Manzaneda de Omaña, según nos cuenta el investigador especializado en arqueoastronomía Miguel Ángel González, hay un lugar conocido como la Casa de la Vieja que es una especie de atalaya y recinto pétreo que aun siendo una formación natural, parece producto de la acción humana. Ninguna leyenda oral se conserva sobre ese sitio, pero un poco más abajo se halla otra formación pétrea especialmente relevante para los chiquillos de la zona, la Peña Furada, que es, como su nombre leonés indica, una gran roca con una hendidura lo suficientemente ancha como para que los niños jugaran a atravesarla. La cercanía del topónimo legendario y del ritual infantil resultan significativos, pues la Vieja del Monte es un mito relacionado especialmente con la infancia.

En el extremo oriental de la montaña leonesa encontramos otra misteriosa «tía», término que en el León rural se aplica como tratamiento de respeto a cualquier anciana, aun cuando no exista relación de parentesco. Cerca del pueblo de Horcadas tenemos el Alto la Tía, un monte de casi 1.600 metros, doncon un gran montón de piedras y estacas que representa a una mujer gigantesca y fantasmagórica que fue construido por pastores de merinas, quienes tenían la costumbre de construir «tías» cerca de sus altas majadas

En el desaparecido pueblo de Salio llamaban La Tía al mojón de piedras de La Collada Tejerina que servía de linde entre Salio y Tejerina. Julia Miranda, en su estudio toponímico de la cuenca alta del río Esla, interpreta estos topónimos y construcciones pétreas pastoriles en clave mítica relacionándolos con el personaje de la Vieja, ente que presenta múltiples manifestaciones en los folklores europeos personificando ciertas fuerzas de la naturaleza tanto benéficas como maléficas.

Las Muyerinas

A Tía Prieta es descrita como una «muyerinha» y curiosamente en Lugueros hay un monte llamado Las Muyerinas donde vivían unas féminas mitológicas que recibían ese nombre; estas Muyerinas eran unas panaderas fantásticas que amasaban pan para enviárselo a los niños a través de sus padres cuando volvían a casa después del pastoreo, todo ello de acuerdo con la tradición que recoge José Luis Puerto en su monumental obra Leyendas de Tradición Oral en la provincia de León.

El sufijo diminutivo «–ina», que se emplea en leonés para enfatizar cariño, refuerza el carácter benévolo de estos seres de leyenda que poblaron la imaginación de los infantes leoneses de antaño.

 

Nicolás Bartolomé Pérez / Emilio Gancedo,

 

 

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