Trovadores y juglares leoneses

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I.- LA JUGLARÍA LEONESA

Las primeras referencias sobre la existencia de juglares en el Reino de León son del siglo XII, y en esa misma época se constata también la presencia de trovadores provenzales en las cortes de los monarcas leoneses.

Durante los siglos XII y XIII se produjo en el sur de lo que hoy es Francia, en concreto en Provenza, una deslumbrante novedad cultural como fue la aparición y posterior difusión por Europa de la poesía trovadoresca. Las características esenciales de este fenómeno literario ya fueron apuntadas por Martín de Riquer en su libro Los trovadores: se expresa en lengua vulgar, en concreto en provenzal u occitano, es lírica y es obra de individuos con identidad conocida. La suma de estos tres factores diferencia la producción trovadoresca de los poetas cultos en latín, de la épica, que nace un siglo antes, y de la lírica popular, de autor anónimo. La poesía provenzal llegó muy pronto a los reinos de la Península Ibérica, y el de León no fue una excepción.

Trovadores como Marcabrú y Cercamon visitaron León en tiempos de Alfonso VII; Arnaut Daniel y Peire Vidal dedicaron algunas de sus composiciones a Fernando II; y por la corte de Alfonso IX pasaron numerosos poetas occitanos como Elías Cairel, Raimon Vidal de Besalú o Rambaut de Vaqueiras. Todos ellos fueron muy bien acogidos por los monarcas leoneses, respondiendo los trovadores con versos que alababan su generosidad, como Gilhem Magret quien en 1196 decía lo siguiente en referencia a Alfonso IX: «Et a Leon trobiei fon / on sorzon var vestimen / et aurs mesclatz ab argen» (Y en León encontré la fuente / de donde manan variados vestidos / y oro mezclado con plata).

De poco antes de la llegada de los primeros trovadores provenzales al Reino de León son los primeros testimonios leoneses de la existencia de una juglaría autóctona, aunque su origen debe de ser bastante anterior. El profesor de la Universidad de Oviedo Xulio Viejo en su obra Llingua y cultura lliteraria na Edá Media asturiano-lleonesa (Oviedo, 2004), sin duda el más completo estudio sobre la literatura medieval leonesa tanto en romance como en latín, recoge numerosos testimonios de la existencia de la juglaría leonesa, siendo el más temprano de ellos el procedente de Sahagún en el cual se cita en un documento de 1111 a un «Adefonsus iuglarem». Precisamente de esa villa es otra noticia contenida en la Crónica Anónima de Sahagún en la que se relata como la reina Urraca de León mandó expulsar en 1116 al numeroso grupo de juglares que desarrollaban su actividad en aquella localidad al servicio de los burgueses allí asentados. Gran fama debieron tener en su época los juglares Palla, de origen gallego y que estuvo en la corte de Alfonso VII, y Iohan de Ceresinos, quien aparece en Mansilla en 1276.

El oficio de juglar

A diferencia de los juglares, que en sus diversas categorías eran más bien artistas e intérpretes de textos ajenos, los trovadores son auténticos compositores de poemas destinados a ser cantados. En el ámbito hispano, especialmente en los reinos de León y de Castilla, los trovadores autóctonos, una vez surge la lírica local que se expresa en gallego-portugués, pertenecen siempre a la nobleza. No obstante, con el paso del tiempo también aparecerán juglares compositores como es el caso de «Johan Jograr, morador en Leon», así identificado en el Cancioneiro da Biblioteca Nacional (Colocci-Brancuti), de Lisboa, donde se recogen dos composiciones suyas de 1325 escritas en gallego-portugués.

Apenas conocemos nada del repertorio literario de los juglares leoneses, aunque es razonable pensar que además de dominar algunos instrumentos musicales o de recitar canciones populares, también se dedicarían a cantar poemas épicos. Sobre la poesía épica leonesa es cierto que no se ha conservado ninguna obra; sin embargo, según Ramón Menéndez Pidal, sí hay indicios de dicha épica que se puede reconstruir gracias a los resúmenes prosificados en latín contenidos en crónicas leonesas que procederían de antiguos cantares de gesta leoneses, y cuya temática trata de acontecimientos como la batalla de Covadonga o de héroes míticos como Bernaldo del Carpio, única muestra de la épica leonesa que se incorporaría tardíamente al romancero.

El propio Menéndez Pidal publicó el único ejemplo conservado de una composición juglaresca leonesa, el Debate de Elena y María, del último tercio del siglo XIII y de la que trataremos en la próxima entrega de La Llariega.

 II.- ELENA Y MARÍA

La Disputa de Elena y María es una poesía leonesa del siglo XIII, de autor anónimo y que se conserva en un pequeño códice destinado seguramente al uso de un juglar ambulante.

En este año 2014 se cumple un siglo de la edición y estudio por Ramón Menéndez Pidal en el primer número de la Revista de Filología Española del que quizá es el primer texto literario leonés en romance del que hay constancia, la Disputa de Elena y María. Las observaciones sobre esta poesía realizadas por Menéndez Pidal en 1914 siguen siendo válidas y a ellas nos ceñiremos. La obra en cuestión se conserva en un único manuscrito incompleto de poco más de 400 versos que conforma un tosco y minúsculo códice de 65 por 55 milímetros en su parte más ancha, actualmente depositado en la Biblioteca de la Duquesa de Alba, en Madrid, y que en opinión de su editor estaba destinado al uso de un juglar ambulante. Pidal supuso que la obra fue escrita hacia 1280, pero hay autores que retrasan su datación al primer tercio de aquella centuria. Este poema leonés se enmarca dentro del género literario de los debates medievales de los que existen abundantes ejemplos en la Europa occidental tanto en latín como en romance, y, en concreto, refiere una disputa entre dos hermanas nobles o hidalgas: Elena, amiga de un caballero, y María, enamorada de un abad, que exponen de forma dialogada sobre cuál de sus respectivos amantes es mejor. María estima del abad su vida tranquila, los sirvientes que tiene a su servicio, sus riquezas; Elena, por su parte, admira del caballero su nobleza, sus recursos, su gusto por los torneos. A la vez ambas critican sin pudor los vicios del compañero de su oponente. Para dirimir su disputa ambas acuerdan acudir a la corte del rey Oriol. Una vez allí, Elena comienza a burlarse del clérigo ensalzando al caballero, que son los últimos versos que se conservan del texto por falta del resto de la composición, dejando el debate inconcluso.

Aparte de la extrema pequeñez del manuscrito en el que se reproduce la obra, lo que facilitaría su transporte, Pidal apuntó más claves que delatarían el origen juglaresco de la poesía como su métrica irregular, el octosilabismo predominante en la versificación, o su tono popular, alejado de la depuración formal y artificiosidad que imperaba en la poesía lírica provenzal o en la galaicoportuguesa muy difundidas en los ambientes cultos y cortesanos de los reinos cristianos ibéricos de aquella época. El carácter popular de la obra se ve reforzado por la sátira jocosa con la que es tratado el abad, de lo que podemos deducir su amancebamiento con María; téngase en cuenta que el término abad se emplea en esta poesía leonesa con el sentido de cura o párroco. Precisamente, los amores de un clérigo con una mujer han sido objeto de una crítica inmisericorde desde el mismo momento en que se instauró el celibato para los ministros de la Iglesia católica, y en esta situación se centró el poema lo que contribuyó sin duda a su éxito en las plazas y mercados de las ciudades y villas leonesas donde se interpretaba el poema.

Primer texto literario en leonés

Ramón Menéndez Pidal afirmó que el anónimo autor de la poesía fue un leonés, y para ello el argumento esencial que manejó fue el lingüístico ya que idioma en el que está redactada la obra, a pesar de la presencia de castellanismos y portuguesismos, no es “ni castellano ni portugués, sino que es un intermedio entre ambos, con existencia independiente, el lenguaje leonés.” De hecho, para Pidal el Libro de Alexandre, el Poema de Alfonso XI y la Disputa de Elena y María “reconstruyen, dentro de la poesía española una región dialectal que durante los siglos XIII y XIV producía obras de diversos géneros poéticos donde el elemento leonés se mezclaba en muy diversas proporciones con el castellano y con el gallego-portugués”. Como se apuntó más arriba, es posible que Elena y María sea el primer texto literario leonés en romance, pero lo que sí sabemos hoy con certeza es que esta poesía es, además, la primera escrita en romance leonés de la que tenemos noticia, lo que hace de la composición un hito de nuestras letras.

 III.- TROVADORES LEONESES

 Los primeros escritores leoneses en romance a quienes podemos atribuir con seguridad una mínima obra literaria fueron trovadores que en el siglo XIII compusieron poemas líricos en gallego-portugués.

El reinado de Alfonso IX fue excepcionalmente largo, complejo e innovador en numerosos aspectos como el político-institucional; sin embargo, el renacimiento cultural que experimentó el Reino de León durante aquel período resulta bastante desconocido. Así, por ejemplo, en tiempos del último rey privativo de León se produjo el comienzo de la recepción de Derecho romano clásico en nuestra tierra, se fundó el Estudio General de Salamanca, el germen de la Universidad salmantina, o se consagró la Catedral de Santiago de Compostela, el centro de peregrinación cristiano más importante de la Península y el principal foco cultural del reino leonés. Más ignorado resulta el hecho de que en el reinado de este monarca dio comienzo el cultivo de la poesía trovadoresca en gallego-portugués, probablemente por el contacto de los trovadores provenzales con la pequeña nobleza gallega, de los salieron los primeros trovadores hispanos, en la corte de Alfonso IX.

El interés de este rey por la poesía está bien acreditado hasta tal punto de que Carolina Michaëlis de Vasconcellos en su edición crítica y estudio del Cancioneiro da Ajuda (1904) apuntó la posibilidad de que Alfonso IX hubiera sido también trovador y el autor de una serie de poesías en gallego-portugués atribuidas al «rey don Alfonso de León» que se recogen en el Cancioneiro da Biblioteca Vaticana. Hoy sabemos que esas poesías fueron obra del rey Alfonso X, pero de lo que no hay duda es de que Alfonso IX fue un gran mecenas de las artes y es posible que a su patronazgo se deba el origen de la lírica trovadoresca gallego-portuguesa. El cultivo de la lírica gallego-portuguesa desbordó su ámbito lingüístico original y a lo largo de más de ciento cincuenta años, entre los siglos XIII y XIV, el gallego-portugués fue el vehículo hegemónico de la expresión poética en Galicia y Portugal, pero también en León y Castilla.

Los primeros escritores leoneses

De la nómina de más ciento cincuenta trovadores que compusieron sus poesías en gallego-portugués, al menos cuatro de ellos fueron leoneses (entendiendo el gentilicio leonés en su acepción regional): Galisteu Fernandiz, de la Extremadura leonesa y autor de seis cantigas de amigo en el siglo XIII; Fernan Gonçalves de Seavra, de la comarca zamorana de Sanabria o de un linaje portugués procedente de dicha zona y a quien se atribuyen quince cantigas de amor en la segunda mitad del siglo XIII; Johan, jograr, del siglo XIV y a quien se identifica como «morador en León», fue autor al menos de dos composiciones: una cantiga en loor de Alfonso IV de Portugal, y un planto dedicado al rey don Denis de Portugal con motivo de su muerte en 1325. Pero sin duda, el autor del que se conocen más datos fue Fernán Suárez de Quiñones, natural del pueblo Quiñones del Río, municipio de Carrizo de la Ribera, y quien vivió en el siglo XIII. Los datos biográficos de este autor, del que se conocen cuatro cantigas de escarnio y un sirventés, han sido estudiados por Carlos Alvar, Xulio Viejo y Viçen Beltrán, quienes han apuntado los elementos básicos de la vida que conocemos hoy de este trovador al que se puede considerar con justicia como el primer escritor leonés en romance al que se es posible atribuir un mínimo corpus literario, así como unas pocas noticias biográficas. De esta forma, sabemos que Suárez de Quiñones perteneció a la pequeña nobleza, algo común a la mayoría de los trovadores, y debió de estar vinculado a las cortes tanto de Alfonso X como de su hijo Sancho IV; tuvo propiedades en León y en Asturias, y también bastantes problemas económicos. De su escasa obra poética conservada, que es toda ella de carácter satírico, Viçen Beltrán indica que puede ser el total de su producción, o un escaso resto de la misma. Pero interesa resaltar las apreciaciones lingüísticas de Xulio Viejo sobre las composiciones de este trovador leonés pues, como apunta este profesor asturiano, algunos de los poemas de Quiñones parecen presentan interferencias con su lengua leonesa materna (como evidencian los diplomas donde consta la intervención del trovador), lo que le lleva a conjeturar con la posibilidad de la existencia de versiones en leonés de las piezas conocidas de este autor (o de otras), teniendo en cuenta además que las poesías que nos han llegado de Quiñones tienen un marcado carácter localista lo que favorecería sin duda el uso del romance autóctono del país, por más que dichas piezas contaran con su versiones en gallego, la lengua poética del momento, que son finalmente las que se han preservado hasta hoy.

Nicolás Bartolomé Pérez, Diario de León  de 26 de octubre de 2014, 16 de noviembre de 2004 y 30 noviembre de 2014.

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