Gente con colmillos. Licántropos leoneses

Hombre lobo. Grabado de Lucas Cranach el Viejo, 1512.

En 1754, Pedro de Calatayud recoge la noticia de que un hombre transformado en lobo mató a más de veinte personas en Villafranca del Bierzo. «Perdonaba a las vacas y atacaba a los muchachos»

Fue entre los siglos XVI y XVII cuando se produjo en Europa un verdadero boom de la licantropía, una eclosión de sucesos protagonizados por supuestos hombres-lobo que en ocasiones acabó con algunos de ellos en la hoguera al ser acusados de brujería por la Inquisición. Pero la creencia en el hecho de que una persona pueda transformarse en lobo es bastante más remota, y podemos encontrar referencias desde la Antigüedad clásica, aunque es posible que sus orígenes se remonten a épocas más pretéritas y que se relacionen con prácticas chamánicas y rituales extáticos de cofradías de guerreros que creían estar poseídos por el espíritu salvaje del lobo, o que imaginaban su conversión en lobos como preparación para la batalla.

En 1865, el clérigo, polígrafo y folclorista británico Sabine Baring-Gould publicó The book of were-wolves (‘El libro de los hombres lobo’), en un intento erudito por racionalizar esta creencia otorgándole un origen mitológico. El interés de Baring-Gould por el tema constata el arraigo de la creencia en la Europa del siglo XIX, pues, según cuenta él mismo en el prefacio de su tratado, lo que motivó su escritura fue la pervivencia de esta superstición en Vienne (el Poitú, Francia), cuando en una de sus expediciones arqueológicas se le hizo de noche y no consiguió encontrar carruaje para volver a su alojamiento, ya que todos los vecinos concluían temprano sus tareas y se recogían en casa por miedo al loup-garou (hombre-lobo), por lo que tuvo que regresar a pie y solo después de que le narraran diversos episodios contados sobre las agresiones de este ser fantástico en la comarca.

El primer testimonio sobre los hombres lobo en León nos llega gracias a Pedro de Calatayud, quien en sus Opúsculos y doctrinas prácticas (1754) recoge esta noticia que transcribimos respetando la grafía de la época: «En este siglo acia el año de 20, un hombre transformado en lobo, en cuya figura le vieron muchos, despedazó, y mató en los montes, prados y cercanías de Villafranca del Vierzo más de veinte personas, y perdonando a veces a los becerros, bacas, y ovejas, se tiraba con una furia infernal á los muchachos, y muchachas, que los cuydaban y oí decir, que saliendo uno armado, y á caballo contra él, huía el cuerpo y declinaba los golpes con destreza propia de hombre, el que era lobo figurado».

En la tradición mitológica leonesa la transformación de una persona en lobo puede tener diversas causas, como ser el séptimo hijo varón consecutivo de una familia, o una maldición de los padres que condenan a su descendiente a convertirse en lobo ante una ofensa o el incumplimiento de un mandato paterno. Pero a veces el licántropo lo es porque usa un objeto mágico, un pellejo de lobo en concreto, y poniéndolo y quitándolo a voluntad logra transformarse en fiera. En este caso, la forma de desencantarlo es quemar el pellejo, pero completamente y hasta el último pelo. La licantropía se considera en León algo transitorio (generalmente dura siete años), aunque también es posible que provocando una pequeña sangría al hombre-lobo éste quede liberado y recupere la forma humana. En ocasiones el licántropo es consciente de su condición, desarrolla una vida normal y oculta al propio cónyuge la fada (hado, destino) que lo embruja sin remedio.

En 1985, Jesusa Rellán, de Burbia, contó a los colaboradores de Julio Camarena la historia de una peculiar muchacha-lobo que antaño hacía acto de presencia en una casa donde solía reunirse parte del pueblo para combatir el frío asando castañas en la piérgola, especie de desván situado sobre el hogar. Pero, desde hacía un tiempo, chaval que subía allí a dar vuelta a las castañas, chaval que no volvía a bajar, devorado por una terrible alimaña. Hasta que un buen día llegó a la casa un valeroso criado que se propuso acabar con el monstruo. Bien oculto en el desván, dejando sólo un furaquín para el ojo, vio cómo una hermosísima joven se despojaba del pellejo de lobo que la cubría, se quedaba desnuda y empezaba a peinarse su larga cabellera. El criado aprovechó que el pelo le tapaba la cara para arrojar la piel al fuego donde se asaban las castañas, deshaciendo el maleficio y, más adelante, casándose con ella. Eso sí, cuando se consumía el pellejo, la muchacha-lobo le advirtió:

—Mira, si un pelo me quedara de la piel, lo más grande que te iba a quedar a ti era una oreja.

Nicolás Bartolomé Pérez / Emilio Gancedo, Diario de León, edición de 1-XII-2013.

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