Reseña del llibru de Xosepe Vega ‘Breve Hestoria d’un gamusinu’, por Joaquín Mª Aguirre

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Este es el segundo libro publicado por el autor, después Epífora y outros rellatos, (2008), cuentos entrañablemente líricos y nostálgicos, que recrean el folklore popular maravilloso (“La puente de Santa Catalina”), hacen el retrato de provincias del interior (“Epífora”), y resumen las historias de personajes encendidos por ilusiones que el común de los mortales consideran inútiles (“La nogala”, “El día que murió el Ti Pucheros”). Narrados en una prosa espléndida y sencilla, intimista, vienen salteados por conmovedoras reflexiones sobre la existencia humana.
Aunque Xosepe Vega define su segundo libro, la Breve hestoria d´un gamusinu, como fábula poética, quizá sería más ajustado considerar este texto, profundamente original y moderno, un bello cuento folklórico maravilloso que propone la reflexión metafórica sobre la existencia humana al estilo de lo que hermosamente practicaron los románticos alemanes y en los tiempos que rodeaban la segunda posguerra mundial nos entregaron libros como El Principito de Saint-Exupery (1943) o Alfanhuí (1951) de Sánchez Ferlosio. Del folklore de los cuentos populares extrajo Chamisso el material para su maravillosa historia de Peter Schlemilh, el personaje que vendió su sombra al hombrecillo del traje gris a cambio de la bolsa de Fortunato. De la tradición folklórica tomó a su protagonista La Motte Fouqué para redactar la historia de la Ondina que no tenía alma. Y ambos tejieron sus relatos sobre el cañamazo de un estilo terso, difícilmente sencillo. Los títulos hasta ahora citados tiene en común aparecer como relatos destinados a los jóvenes que encierran, sin embargo, un mensaje decisivo para los adultos. Todos ellos recrean el proceso de maduración de un personaje, a través del dolor, hasta alcanzar un grado más alto de la sabiduría.
Al comenzar las páginas de la Breve teoría d´un gamusinu pensamos estar leyendo un relato fantástico, aún prendido de los hilos del folklore popular, pero la sospecha de encontrarnos ante algo más profundamente humano nos sobrecoge. Aunque de inferior prosapia al unicornio, aunque en absoluto extraordinario como el hombre lobo, el humilde gamusino -personaje del bestiario fantástico- es un animal tan imaginario e inexistente como ellos. Sólo otras criaturas demediadas pueden comparársele: los peces de abril o los chirlos mirlos. La tradición de la caza o la pesca del gamusino, explica Xosepe Vega en el preludio del libro, pertenece al folklore más antiguo desarrollado en León (Camarena Laucirica:1991) y en muchos otros lugares, reconocible como uno de los tipos de bromas usuales entre cazadores y pescadores (catalogaba Thompson en el motivo X584.1) Fue ideado para embromar a los incautos y, como afirma J.M. Pedrosa (1995:26), es un tópico tradicional que quizá rememora las antiguas pruebas de iniciación por las que se pasaba de la inocencia a la experiencia, de la edad juvenil, a la edad adulta.
La historia de este ser insignificante merece la ornamentación en libros y capítulos titulados que resumen -como en las antiguas crónicas- los hechos esenciales del episodio. En esto Xosepe Vega, y en otra infinidad de detalles, demuestra su conocimiento de los clásicos y su capacidad de formular con nueva expresión riquezas tradicionales. Seleccionar el molde de la crónica para narrar la historia de un hombre sin honor, fue el hallazgo del Lazarillo. La ironía cervantina buscó enmarcar en la formalidad de la historia la aventura de la insania quijotesca. También el gamusino, especie imaginaria, hace valer su derecho a formar parte de la historia, y lo hace recurriendo a la intervención editorial de otro personaje imaginario, la apavarda, para más señas de identidad, Charida Blanca de la Orden del Catoute. Dos personajes fabulosos e imaginarios ponen en marcha las estrategias del relato histórico para referir experiencias absolutamente íntimas, las que jamás formarán parte de la crónica oficial. Pero no es este guiño el único juego irónico del autor.
¿Qué es un gamusino? Ni siquiera el personaje podría responder a esta pregunta. El gamusino es un ser diminuto, cuyo nacimiento y origen son maravillosos como el de los héroes del cuento popular. Durante un tiempo vivirá en el cáliz de un narciso, alimentándose del jugo de la flor y la harina de sus estambres y aprendiendo a poner nombre a sus percepciones del mundo. Desde allí experimenta la otredad de las cosas y los seres, diversamente pintados: de un lado la violencia de los hombres que andan a la caza del gamusino -él mismo- y de otro la alegría del arroyo que canta eternamente una canción de esperanza. Como una mágica deidad de las aguas, el tímido arroyo ha escogido el lugar más recóndito para entonar su canto de sirena.
El gamusino padece la soledad del ejemplar único. No puede reconocer la imagen de sí mismo en nadie más; busca inútilmente algún modelo que imitar o algún criterio que seguir. Es un ser necesitado de afecto, deliciosamente ingenuo y sensible a las cosas bellas. Cuando encuentra su primer amor padece doblemente, por su temor a que los hombres estropeen la canción del arroyo arrojando al embromado de la caza del gamusino. La prueba del miedo cerval que experimenta como espectador invisible de la caza le proporciona la certeza de su identidad. En esta y otras sugerencias -que en tantos casos la identidad propia se ve amenazada por la reacción de los otros- Xosepe Vega entra en el planteamiento de las preocupaciones más actuales. El gamusino nada sabe de sí mismo: esta es la vuelta de tuerca de la narración que embroma al propio gamusino. Los que implican al inocente en la caza del imaginario ser solo ofrecen vagas pistas sobre la naturaleza del espécimen. El gamusino de la historia sabe poco más. Ha jurado su amor al Arroyo para toda la vida, pero ¿cuánto puede durar la vida de un gamusino? ¿cómo es el gamusino? tiene, boca, brazos, manos pies, cabeza y sentimientos sospechosamente humanos.
Con el crecimiento de su organismo se verá forzado a salir de la flor para buscar un hogar nuevo. Su maduración lo va transformando en un ser lento, displicente, demasiado propicio a la contemplación soñadora, demasiado quejoso de la soledad que le impone su originalidad. Hasta que el Arroyín desaparece sumido en la tierra y el gamusino tiene que emprender, como el héroe del cuento popular, la búsqueda de la princesa prometida, su amor. En su viaje contará con la ayuda de auxiliares mágicos, la fantástica apavarda, los pájaros parleros, el hada del río (la lavandera), la maga de la montaña (la vieja del arco), el hada de la cabaña del bosque (la vieja hilandera, moira del tiempo). Dos episodios quiero destacar ahora: su encuentro con la apavarda y con vieja que guarda el arco iris, propietaria, lógicamente del arcu la viella, que es como denomina el folklore leonés el arco iris. La variedad cabreiresa-maragata del leonés en que Xosepe Vega ha redactado este libro contribuye poderosamente a resaltar la magia de todos estos elementos del folklore, que suenan, por así decir, con su lenguaje propio.
El relato discurre a través de estratos temporales y pluralidad de voces narrativas La inmediatez del conteur popular que se dirige a un auditorio pendiente de sus labios. La narración autorreflexiva dirigida hacia sí mismo, filtrada por la memoria del gamusino instruido, que no ha olvidado la lección de la apavarda, imagen del sentido común.
La apavarda aparece misteriosamente a su lado cuando el gamusino atraviesa uno de sus episodios de inactivo ensueño, esta vez, a las puertas de la gran ciudad, encendida para el festival nocturno de las luces de neón. A primera vista la apavarda parece un ser excesivamente prosaico, que no pierde el tiempo en grandes reflexiones, y se aplica con tesón y sencillamente a su quehacer. Pero mirada con detenimiento el gamusino descubre en ella un ser extrañamente singular. Es ella quien le arranca de su fascinación, quien le previene del peligro que corre de ser apresado por los hombres, quien le recomienza regresar al afecto primero del arroyo. El gamusino comienza a sospechar que tal vez lo corriente sea que todos los seres nos parezcan extraordinarios si los miramos de cerca. Incluidos los hombres, a los que se ha acostumbrado a juzgar de modo unilateral.
Otra pulsación de la cuerda popular resuena en el episodio del ascenso al arco iris, icono en la mitología universal de la puerta al más allá (en el folklore de los pueblos amerindios) la imagen de la armonía y la reconciliación (en la tradición cristiana), promesa de que nunca más volverá a repetirse el diluvio. En el relato de Xosepe Vega el arco iris otorga al gamusino la altura suficiente para adivinar el paradero de su arroyo. A esa cumbre lo iza el tiempo (las sogas de la hilandera), en uno de los pasajes más bellos del relato, delicadamente matizado por los juegos de luz, color y perspectiva. La historia del gamusino es el relato de la maduración de un personaje inocente que alcanza a mirar desde más lejos y contrastar la nueva experiencia con lo que él ya había intuido y sabía en la profundidad de su corazón. La melancolía del gamusino es la del yo que se juzgaba erróneamente la única singularidad. El viaje maravilloso concluye en el punto de partida, cuando el héroe descubre que su soledad provenía de un problema de percepción. El soñador gamusino sabe diferenciar ahora lo bueno de lo malo, algo que sería deseable también para los humanos. Ser gamusino es, en efecto, una de las cosas más difíciles de este mundo.

Bibliografía citada

— Pedrosa, José Manuel, (1995) “Mi marido fue a la mar, chirlos mirlos a buscar”, Iberromania, XIL, 1, 17-27

— Thompson Stith, (1997) Index of folk-literature: a classification of narrative elements in folktales, revised and enlarged edition by Stith Thompson Bloomington and Indianapolis: Indiana University Press.

— Camarena Laucirica, Julio, (1991) ed. Cuentos tradicionales de León, Madrid: Seminario Menéndez Pidal Universidad Complutense.

© J. Mª Aguirre 2009
Espéculo. Revista de estudios literarios 41 (2009). Universidad Complutense de Madrid
El URL de este documento es http://www.ucm.es/info/especulo/numero41/gamusin.html

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