Ficción de verdad. Extracto del discurso de ingreso de José María Merino en la RAE

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I. Agradecimiento. Al hacerme miembro de la Real Academia Española -a la que, en ocasión de su ingreso, don Benito Pérez Galdós denominó “orden suprema de las Letras”- me han concedido ustedes la credencial más segura y relevante de nuestro ámbito literario, por la diversidad de criterios del colectivo que componen, por el mérito intelectual indiscutible que los individualiza, por la evidente independencia con que toman sus decisiones, por el prestigio cultural de la corporación que constituyen. Todo ello obliga a que mis palabras iniciales expresen mi gratitud.

II. La magia de las palabras. Mi agradecimiento no se sustenta solo en el alto honor que he recibido con la elección de mi persona para que me incorpore a su equipo, sino también en que, al decidirlo así, me han hecho un regalo cargado de benéfica simbología, el de permitirme cerrar, de modo inesperadamente grato, una trayectoria personal. En los tempranos inicios de mi experiencia de lector de novelas y cuentos, absorto en la fascinación de aquellas aventuras o intrigas desarrolladas mediante palabras escritas, me encontraba a menudo con términos insólitos, jarcias, cofas y obenques, basaltos, áloes y mucílagos, ámbitos australes, boreales y abisales, azagayas, jáculos y macanas… pero también descubrí enseguida, en la biblioteca de mi buen padre, Bonifacio Merino, el instrumento necesario para descifrar tantos términos extraños o ininteligibles. Y a menudo, consultar el diccionario me deparaba un nuevo viaje mental, una aventura interior que me iba haciendo fondear de palabra en palabra como un bergantín en las islas del más denso archipiélago.
Ahora me otorgan ustedes todo el derecho para entrar en el espacio, que yo sentía sagrado y misterioso, donde se elabora ese instrumento…

III.- La ficción de la verdad. He dado a mi discurso el título Ficción de verdad porque pretendo, no solo insinuar un sentido diferente, con la ambigüedad de un juego de palabras, para una antiquísima contraposición, sino exponer ante ustedes determinados mecanismos con los que, en mi experiencia de escritor, la ficción literaria me sirve para afrontar eso que llamamos realidad. Sabemos de sobra que la idea de “ficción”, al menos en nuestra cultura, recorre una tradición no demasiado condescendiente con ella, que tiene sus orígenes en Platón y Aristóteles, pero sin duda la ficción como invención de la imaginación humana es muy anterior al mundo clásico, pues nuestra especie lleva habitando este planeta muchos milenios previos a la invención de la palabra escrita. (…)
Un personaje que me van a permitir citar, el profesor Eduardo Souto, recurrente visitador de mis narraciones, ha llegado a escribir lo que él llama “paradoja fundacional”: No fue el ser humano quien inventó la ficción, sino la ficción lo que inventó al ser humano. En cualquier caso, no creo descabellado pensar que la ficción vino a ser la primera herramienta, el recurso inicial de la mente de los seres de nuestra especie para intentar entender y dar alguna forma, cierto orden inteligible, al mundo adverso, huraño, opaco, inescrutable, en el que se encontraban, y a su propia existencia. Estoy hablando de un tiempo muy anterior a la filosofía, a la metafísica, a la ciencia.

IV.- La tradición oral. Esta especulación nace del interés, muy arraigado en mí, hacia la cultura oral, desarrollado por la circunstancia de haberme criado en León, un territorio a la vez mítico e histórico, donde la narratividad de tal carácter, vehículo de innumerables ficciones, tuvo mucha importancia comunitaria hasta tiempos relativamente recientes. Ese interés, que me ha llevado a buscar las más antiguas narraciones orales que la humanidad recuerda, me hizo descubrir, entre otros, los trabajos de recopilación que realizó a mediados del siglo XIX el pastor de almas prusiano Wilhelm Bleek de las narraciones orales que determinada etnia surafricana había ido transmitiéndose desde tiempos remotos, un libro ya clásico en el resto de Europa cuyo título se podría traducir como Muestras del folclore bosquimano. Ahí puede comprobarse que un grupo de seres humanos extremadamente primitivo, anterior a la cultura agrícola e incluso al conocimiento de la cerámica, poseía sin embargo un riquísimo patrimonio de ficciones orales, a través de las cuales conseguía hacer comprensible el mundo en que se encontraba.

V.- Imaginador de ficciones. Mas lo que en esta solemne ocasión me interesa, sobre todo, es mostrar, desde mi propia experiencia de imaginador de ficciones, de qué manera éstas pueden surgir, y hasta qué punto intentan descifrar, los aspectos menos evidentes, más escurridizos o extraños de esa realidad que, aunque no sea para nosotros tan inasible y proteica como en aquellos tiempos iniciales de la humanidad, sigue presentando un azaroso, confuso, poco inteligible conjunto de hechos y actos, una retícula complicadísima plagada de repentinos movimientos y de imprevisibles resultados. Claro que sería pueril pensar que el narrador literario puede desvelar todos los elementos que componen cada uno de los sucesos que, por mínimos que sean, conforman la realidad. Pero algunos de ellos, los que a su mirada resulten más sugerentes, tratados de forma adecuada mediante la ficción, son capaces de ser iluminados con una claridad que no consigue ningún otro instrumento. La realidad puede ser descrita de manera verdadera o falsa, pero la ficción siempre es un camino distinto del de la pura crónica y no pretende adscribirse a la mentira o a la verdad, porque la buena ficción siempre resulta una revelación, mediante lo simbólico, de lo que la realidad esconde. Además la ficción se interpreta a través de la razón, por supuesto, pero sin que la intuición pierda su esencial protagonismo, porque la ficción narrativa, como la poesía, hay que sentirla. La literatura, la ficción, es pues un modo específico, incomparable, de desvelar ciertos aspectos de la realidad. Incluso es posible que la ficción sea capaz de crear una realidad propia, exclusiva. Buscando en nuestra juventud la proximidad de un maestro, en un entorno donde no era fácil hallarlos, Luis Mateo Díez, Juan Pedro Aparicio y yo mismo acudimos al conjuro de la ficción para inventar a Sabino Ordás, un supuesto patriarca de las letras españolas -el insustituible patriarca real es sin duda don Francisco Ayala, de cuya benéfica presencia disfrutamos- aunque luego tendríamos la fortuna de encontrar un maestro cercano y querido en Ricardo Gullón, a quien nos presentaría aquel ilustrado periodista cultural que se llamó Dámaso Santos.

VI.- Proceso de invención. Al hilo de este discurso voy a referirme al proceso de invención de ficciones. En mi caso, comienza siempre desde la intuición de lo extraño que, para mis vislumbres de escritor, puede esconderse detrás de un hecho cotidiano. Por lo general se trata de aspectos raros, acaso porque creo que una de las funciones de la literatura es profundizar en lo inusual, en lo misterioso y menos evidente de la realidad, enfocándolo muchas veces desde la perspectiva fantástica, que a pesar de tener en la lengua española una antiquísima tradición, ha sido poco apreciada por la mayoría de nuestros estudiosos y críticos, herederos acaso inconscientes del firme rechazo eclesiástico y de la rigurosa proscripción inquisitorial que, ante tal tipo de literatura, se manifestaron durante varios siglos.

VII.-Una ficción factible. Antes del pasado verano, un pintor muy cercano para mí en el ámbito familiar, Félix de la Concha, al regresar de una isla del Caribe en la que había estado pintando a lo largo de un par de meses, me mostró las fotografías de sus cuadros, y entre ellos hubo uno que llamó mi atención por el motivo, pero también por lo que el artista me contaba: el cuadro, alargado horizontalmente en forma rectangular, representa tres personajes femeninos. Dos mujeres, una vestida de amarillo y la otra de negro, a la izquierda, nos contemplan con cierto aire sonriente, agarradas del brazo, asomados sus torsos a una ventana de una casa o cabaña, en la que ciertos remiendos de zinc o materia similar indican su modestia; el tercer personaje, una muchacha, casi una niña, se muestra a la derecha, fuera de la casa, mucho más cercana, descalza, los brazos caídos con las manos cogidas, vestida con una camiseta blanca en la que figura la imagen de lo que parecen ser un delfín y una tortuga, y una falda carmesí, más seria pero también con una mueca que pudiera apuntar una sonrisa. Junto a ella, en el extremo derecho del cuadro, otro pedazo de plancha orinienta y corroída sirve de vallado a algún lugar en el que asoman, fuertemente iluminadas por el sol, las hojas de lo que debe de ser un palmito. El cuadro suscitó mi interés por el lugar y la actitud del grupo, y el pintor me contó que esa casa se encuentra en una provincia remota del país caribeño, junto a un río que, como consecuencia de los fortísimos y frecuentes temporales crece tanto que ha estado a punto de arrastrarla. También me contó que las mujeres de la ventana eran hermanas de la muchachita.

— Mientras estaba pintando el cuadro pasó un hombre a mis espaldas y se dirigió a la muchacha. “¿Qué estás haciendo, Débora?”, le preguntó, y la muchacha exclamó, con una seguridad que me dejó perplejo: “¡ Me llevan para España !”, como si estuviese convencida de que su figura en mi cuadro le garantizaba un viaje real. En el mismo momento de escucharlo intuí que en el cuadro había la semilla de una ficción. Por eso le pedí que me dejase la fotografía, y durante los días siguientes fui acopiando información y tomando notas para lo que podía ser un relato. Imaginé, para empezar, que una situación similar a la de mi conversación con el pintor y el descubrimiento de la imagen que yo había hecho en la realidad eran el punto de partida para la ficción: un pintor muy cercano a un escritor le muestra los resultados de su trabajo en un lugar del trópico americano, aunque en la ficción no a través de fotografías, sino de los propios lienzos, que ha transportado enrollados. Ya he cruzado el umbral de lo que comunica lo real con lo ficticio y aunque el pintor y el escritor mantuviesen nuestros verdaderos nombres, he entrado en un territorio de absoluta libertad para mi invención. El escritor que imagino puede tener cincuenta años, bastantes menos que yo, y una de las razones de su interés por esa pintura está en que ha nacido en los mismos parajes que rodean el espacio pintado, pues es hijo de un exiliado de la guerra civil que se casó en aquellas tierras con la hija de un indiano español. El escritor de mi relato ha vivido en aquel país caribeño hasta poco después de la muerte de Franco, momento en el que regresó a España con su familia. El antiguo exiliado, que se había enriquecido en aquellas tierras dedicándose al comercio de exportación e importación, ha fallecido hace años, dejando a los suyos en buena posición económica, y el escritor vive en España con su madre, muy delicada de salud y con la cabeza bastante perdida. Como el desarrollo del relato se va a basar en la personalidad del escritor, puedo imaginar que por su temperamento tiende al ensueño y a cierta permanente sensación de irrealidad. También quiero añadir que tanto él como su madre permanecen en España por una inercia sobrevenida tras la muerte del padre y marido, pues nunca se han acostumbrado a vivir en este país.

VIII.- ¿Invención o realidad? ¿Son todo esto que estoy señalando, aunque invenciones mías, puras falacias desvinculadas de la realidad? Pienso que no, si ustedes me lo permiten, primero porque plantean referencias admisibles como ejemplo de un hipotético caso real. Y es que la inicial verdad incontestable de la ficción se encuentra sin duda en la recreación, por medio de una invención que pertenece sobre todo a lo intuitivo, de movimientos, actitudes y sentires humanos, de su origen y evolución, de sus manifestaciones y crisis.

IX Ejemplo cruel. En tiempos recientes, el descubrimiento de un padre incestuoso que, en la Europa de hoy, ha mantenido durante casi treinta años encerrada en un sótano a una hija para violarla y engendrar en ella nuevos vástagos, escandalizó al mundo ante los extremos de horror a los que puede llegar la conducta humana, pero yo recordé una antiquísima pieza de nuestro romancero que ya contaba una historia similar: “El buen rey tenía tres hijas / muy hermosas y galanas; / la más pequeña de todas / Delgadina se llamaba. // Un día sentado a la mesa / su padre la reparaba: / Delgadita de cintura / tú has de ser mi enamorada. // No lo quiera el Dios del cielo / ni la Virgen soberana, / que yo enamorada fuera / del padre que me engendrara…”. Como saben, Delgadina, encarcelada por su padre con la complicidad de su madre y sus hermanas, acaba muriendo de hambre y de sed. Y es que es difícil encontrar una situación humana que no haya sido prevista o relatada por la ficción, e incluso es difícil, en algunos aspectos patológicos, poder esclarecer la realidad sin ayuda de la literatura. Para acotar el campo de mi reflexión, voy a evocar una vez más la gran novela del siglo XIX. Porque el siglo XIX se puede estudiar desde la historia, pero para entenderlo en sus claves humanas profundas hay que acudir a la literatura. Si solamente analizásemos la información estadística acumulada en archivos y registros sobre nacimientos y muertes, alimentación y epidemias, las crónicas de sucesos, los censos y relaciones de contribuyentes, oficios y profesiones, los conflictos sociales o bélicos, los sistemas de comunicaciones, es decir, los conjuntos de datos, fechas y cifras de la vida colectiva de ciertos países, por ejemplo Inglaterra, Rusia, Francia y España en esa época, apenas llegaríamos a vislumbrar la multiplicidad de factores comunitarios y los sentimientos individuales que, sin embargo, surgen con segura naturalidad en las novelas y cuentos literarios: las hermanas Brönte, Dickens y Thomas Hardy; Pushkin, Chéjov, y Tolstói; Balzac, Stendhal y Zola; Emilia Pardo Bazán, Clarín y Galdós nos muestran, a través de sus ficciones, unos panoramas sociales y familiares, urbanos y rurales, inmediatamente accesibles, más allá de las estadísticas y de las reseñas puramente históricas, con las claves certeras de la urdimbre social y del componente moral.

X.- Gracias. Si por fin desarrollo el argumento que ante ustedes he expuesto, resultará que en él se encontrarán mis viejos temas familiares, lo borroso de la identidad, la amenaza del doble, lo relativo del espacio y del tiempo en los que creemos encontrarnos instalados con tanta certeza, las trampas de la memoria, la peculiar relación que en sus bordes se establece entre la vigilia y el sueño. Si logro llevar a cabo mi relato, conseguiré no sólo representar de alguna forma una parcela de la realidad en su nódulo profundo de extrañeza y delirio, sino establecer otro espacio posible, paralelo, alternativo, que es precisamente ese espacio de la ficción. Servidora de eso tan escurridizo que llamamos realidad, la ficción construye una forma exclusiva de verdad.

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